Lucía amaba crearse a si misma y de tanto caminar buscando, concluyó que el pecado no existía, que la felicidad estaba aquí y allá, que esta vida era una parte de la vida. Cuando pensaba, pensaba bailando, no porque se sintiera feliz, sino para agradecer a los cielos la posibilidad de pensar, de recordar que siempre existió y que existiría hecha alma a perpetuidad.
Una tarde de octubre y de vientos tibios desapareció de los olores del jardín, de los trajines de la casa, desapareció de la Escuela de Arte y de las calles. Sus huellas se borraron de las cajoneras de la cocina y de los ventanales que miraban el mar. Su ausencia atiborró la casa de suspiros y estos se adosaron al piano, tomaron un aroma salino, y a él se le incrustaron en las dudas, en los celos, en la imaginación, y sin indagar la relegó a las insolencias, a las cloacas, a la leche sucia, a las madrugadas frías, y prosiguió deshojándola aunque ya no le quedaban hojas, quitándole sus olores de antaño y sus luces, borrándole méritos y colores.El decidió no buscarla, no pensarla, no existirla, no mirarla, no escribirla, no olfatearla. Se encerró en el dormitorio y negó a Lucía como nunca antes alguien negó a una mujer de ciudad porteña; la negó con rabia, con tristeza, la negó con los labios y los poros resecos, con Mozart silencioso y la imaginación ida. La negó de pie y mirando las luces de la bahía, y la siguió negando en las palmeras, en los libros, en las vigas de la casona.
Tres días después, una tarde de sábado, apareció por la casona un hombre de aspecto desgarbado, con pasos de empleado público y un desgano de gato viejo que agotaba verlo. Tocó el timbre con desidia, se quitó la boina y esperó a que le abrieran la puerta.-Soy el encargado de Investigaciones de avisar las muertes a domicilio ?afirmó -A su esposa la encontraron muerta sentada en la playa, mirando el cielo y el horizonte como si fueran la misma cosa. Señor, antes que nada tiene que ir a la jefatura ?el hombre se puso la boina y se retiró sin despedirse.
Lucía fue descubierta desnuda y limpia, con toda la edad que pudo haber tenido sobre sus ojos, sonriente, igual que si el día más feliz de su existencia hubiese sido ese aquel de aire salino y alcatraces, ese día en que observó la vida desde el infinito, desde el universo de las esferas, y advirtió que la felicidad también era posible más allá de los cuerpos; porque ella jamás iba a dejar de florecer, de renacer, de reempezar una vez más en la mañana. Y él dejo de creer que él era él, pensó que no era eterno, que una ceguera de sirenas le nubló la razón, y el día que no pudo pensar más, en el momento que se le agotó la existencia, Lucía regresó a lomos de una esfera y apareció por la casa hecha una canción de Serrat, invadió las sábanas y el aparador, se adosó a las vigas y a los barandales, se sentó en la cocina y en el salón, transparente y bella, como si su alma jamás hubiese partido de allí.











Habrá sido ésta la canción de Serrat ...
...?
Cariños, @nnita
"Amo los cielos claros, los pastos frescos,
los campos dorados, las delicadas manos,
las frentes amplias, las almas pulcras..." (Alfonsina Storni)